A las diez y cinco, estaba
enfrente de la cafetería y Marcos aún no había llegado. Me senté en una silla
de espaldas a la calle. De pronto, noté unas manos en mis hombros que me
masajeaban y al girarme, unos labios que me daban los buenos días de la mejor
forma posible. Marcos había llegado y con él, un beso y unas flores rojas.
Estuvimos hablando sobre la noche anterior y yo me disculpe por haberle dejado
con las ganas de hacer algo más, pero enseguida él me cogió la mano y me dijo
que no me disculpará que la culpa era suya. No pude resistirme a sus labios y
le besé. El segundo día fui a su casa. Era enorme, por un momento pensé que sus
padres eran multimillonarios pero no, su padre había heredado la casa de su
abuelo. Pasamos el día entero jugando como niños, pero estábamos enamorados.
Son esas pequeñas cosas las que hacen que me enamoré de él. El tercer día vino
a mi casa y Sergio le preguntó de todo, desde su comida preferida hasta que
intenciones tenia conmigo. Mi hermano tenía esa característica que,
seguramente, tienen todos los hermanos mayores, pero ya sabía que lo hacía para
protegerme de cualquier hombre.
El cuarto día quedamos en
la cafetería. Comimos cogidos de la mano, pero al rato me soltó. Lo mire con
cara extrañada pensando mil cosas negativas sobre mí y mi físico. Marcos sacó
de su abrigo una cajita de tela roja y me la entregó con una sonrisa. Cuando la
tenía entre las manos, Marcos dijo: Espero
que lo nuestro dure para siempre. Abrí la pequeña caja y dentro de ella
había un anillo de plata con una cosa inscrita: M&M. Después de dos segundos de haber visto ese anillo, me
lance a sus brazos para besarle entero.
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